27 jul 2014

Decide, solo decide

Perdíamos de cinco puntos a falta de un minuto para el final del partido. Y de la eliminatoria. 78–73. Nuestro capitán se había lesionado en la rodilla. Se fue al vestuario muriéndose de dolor. No podía seguir. Solo problemas: mi codo, mi labio – me lo habían roto en el partido anterior –, mi muslo izquierdo y hasta mi cabeza. Los anfitriones gritaban sin parar. Nos habían clavado un triple hacía cuatro segundos y mi entrenador había pedido tiempo muerto. Parecía que era el único que aún creía en la eliminatoria. En todo el partido no habíamos estado por delante del marcador y, aunque tampoco estuvimos lejos de este, las miradas de mis compañeros eran de absoluta frustración. Nos estábamos quedando a un palmo de la gloria: el barco se hundía.
Mi mejor amigo empezó a llorar de rabia. Mi entrenador se giró y le dijo: levántate. Él cumplió, sin rechistar, pero sin alma.
-      ¿Quién eres? Ponte a jugar. Llora cuando no lo intentes. ¿Okay? – una mirada le bastó para cambiarle el chip –.
-      Un minuto. Hacerlo por vosotros. Por nadie más. ¡Chicos! El dolor existe, pero el sufrimiento depende de vuestra actitud. ¿Sabéis? Aquel que dice que puede y aquel que dice que no, usualmente tienen razón. Nadie está mejor preparado que vosotros porque sois quienes vais a decidir. Dos triples. Poneros a competir.
Y así fue. Salimos al terreno de juego. Todo era concentración: esa jugada era vital. Cogí la pelota, vi un hueco y me metí para dentro. De golpe, vi a Andrés que se abría y le pasé un pase picado. La cogió desde fuera de la línea de tres y lanzó. Triple. 78–76.
Cuando fui a hacer presión para que no pudieran poner el balón en juego, vi a mi capitán que gritaba: ¡cuarenta segundos! Había salido del vestuario, quería estar ahí hasta el final. En ese momento, en ese, me di cuenta de que éramos un equipo, siete meses más tarde.
Alargaron la posesión. Pasaban los segundos y lo tenía delante, tenía mi enemigo a menos de un metro. Miradas que matan. Este no iba a hundir mi sueño ni el de mis amigos. De golpe, cogió el balón y se metió para dentro, mientras mi pierna resbalaba y mi sueño se esfumaba. Dentro. 80–76.
Miré a mi entrenador. Recordé que tenía que vigilarlo de más lejos, pero era demasiado tarde. Me fui para arriba. No tenía ni idea de cuántos segundos faltaban. Era un contraataque sin lógica,  sin sentido. En ese momento no podía pensar, solo actuar. Me metí hasta la cocina mientras notaba que me empujaban por detrás: lancé y caí. Perdí el tiempo, ya no existía en mi cerebro. El mundo se había parado. Un silbido. Era falta, pero la pelota no había entrado. Andrés se me acercó: tienes que creer que algo diferente puede pasar.
Dolor, mucho dolor: me temblaban las piernas. Lancé. Entró. 80–77. El árbitro me indicó el segundo. Miré el reloj: veinte segundos. Un guiño a Juan: iba a fallar el segundo. Tiré, lo recogió Pol y lanzó. ¡Dentro! 80–79.
Tiempo muerto. Nos mirábamos. Nuestro capitán nos animó: vais a recuperar esa pelota, la vais a recuperar. Mi entrenador callaba y escuchaba mientras mi líder añadía: recuperar o falta. Estáis en bonus. Es vuestra decisión. Bebimos agua y al parquet.
Momento vital. Quince segundos. Me hicieron un bloqueo, pero me quedé otra vez contra él. Una mirada y diez segundos. No oía nadie. Me la jugué. ¡Robé la pelota! Una pulgada, esa era mi pulgada. Esa pulgada era el mundo, era mío. ¡Nooo! Un silbido agónico me apuñalaba el corazón, era falta. No me lo podía creer, estaba desorientado.  
Me quedé en el medio del campo. Lanzó el primero y limpia. 81-79. En ese momento mi cabeza me dijo que no iba a rendirme. Se puede solo si se quiere, solo si se quiere, y yo quiero. Lanzó…La pelota se quedó indecisa, no sabía que quería el azar. Pero el salto de mi mejor amigo la tocó y esta fue para Juan. No sé por qué pero me quedé solo. Nadie se había preocupado de mí, estaba en medio del campo solo. Me la pasó y me fui corriendo pero algo me dijo que alguien venía y me la jugué. Decidí parar en seco delante de la línea de tres. Se pasó de largo y me quedé otra vez solo contra la canasta. Lancé y me desestabilicé. La bocina saltó… ¡Habíamos ganado! Era mi primer triple en el año. Joder, habíamos ganado.
En ese partido me di cuenta de que podría haber perdido, pero decidí. Si en cada uno de los partidos de nuestra vida decidimos, señal que cogemos la responsabilidad. Y esto no es nada fácil, pero depende de nosotros.
81–82.  

9 jul 2014

Ciento veinte apellidos andaluces y cuarenta apellidos catalanes

Recuerdo como si fuera ayer el día en que mis amigos y yo partíamos desde Lloret de Mar, en Cataluña, y nos íbamos con nuestro TrasMediterránea hacia Ses Illes, islas bendecidas por una bonita diversidad lingüística.
Aunque algunos se nieguen a entenderlo, el catalán, en su pequeña área, también está caracterizado por sus bloques dialectales, divididas entre el bloque occidental y el bloque oriental.  Ay, señor Verd, incluso su cuarta lengua optativa tiene sus dialectos y sus curiosidades... -¿ Pero para qué estudiarla verdad? Si eres catalán, mallorquín o valenciano, mejor lo eliminamos, nos dejamos de curiosidades y nos quedamos con solo una lengua, grande, que ya lo es, solitaria y libre-.

Total, que la tropa catalana de cuarenta personas llegó a Magaluf, de Mallorca, donde por desgracia los únicos idiomas que escuchamos en la calle fue el inglés, el italiano y el ruso, aunque para nosotros esto ya no era noticia: veíamos Magaluf como una versión grande de nuestro pub, digo pueblo, Lloret de Mar.
Mientras esperábamos en el puerto para entrar en el barquito, nos fijábamos en el mar no como un lujo si no como una necesidad, pues nos estaba cayendo un Lorenzo  para coger una buena insolación y ver como algunos caíamos como moscas.
Gracias a Verd, esto no pasó y nos encontramos con una pequeña sorpresa... Una tropa de fondo del Al-Andalus se acercaba cantando, bailando, saltando y riendo. Nosotros, cansados de ese sol acosador, mostrábamos unas facetas serias, tranquilas, cansadas y aburridas. Quizá pasaron unos tres minutos cuando, por fin, el comandante llegó de nuevo para decirnos que nuestra invasión sobre el barco estaba permitida.
- Ricard,¿ seguro que vamos a caber todos ahí?
- Si te soy sincero, creo que no pero...
- Déjeme pasaar... Graci...
- ¡Qué haces! Estaba yo primero. -ambos mostramos caras desafiantes-.
- Ay, ¡cariño!¡Joé con las ansias!
Después de un momento de tensión - o de humor, para otros- mostramos nuestras espaldas poderosas y pasamos en pole position para dejar atrás una mirada graciosa y espontánea. Debo reconocer que me sorprendí al ver que el barco turístico no se inundaba al entrar las dos tropas marineras y, así pues, separados o revueltos, pudimos empezar el gran viaje.
Así que mi grupo se fue a la sombra y a cubierto, nos dimos cuenta a los pocos minutos de que esa bandada de pájaros que cantaban en el morro del barco no era casualidad. Impresionante. Más de un centenar de personas botando de alegría mientras escuchaban esas canciones del bar en una sola cuarta parte del barco. Y de mientras, en las otras tres restantes, la tranquilidad reinaba sin ningún aliciente: keep calm.

Como si fuera un presentimiento, todos nos dimos cuenta de que algo estaba ocurriendo. El bar actuaba como si fuera el muro de Berlín: no veíamos ni a un musulmán en nuestro territorio ni a un pesetero en el otro barrio, hasta que se empezó a escuchar los cánticos de "Sevilla tiene un color especial" y algunos murmullos catalanes empezaron a reunir algún crit a la llibertat hasta que el capitán y el del bar empezaron a ver que era hora ya de parar los motores, que el agua nos refrescara y nos enfriara un poco a todos.

Al fin y al cabo, todos éramos turistas en un sitio donde lo que menos importaba era nuestra procedencia, pero para qué negar que fue un momento divertido ver como dos culturas opuestas y hermosas se defendían sin agresión alguna, y siempre con una risa en los rostros... Bueno, casi siempre. 



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