9 jul 2014

Ciento veinte apellidos andaluces y cuarenta apellidos catalanes

Recuerdo como si fuera ayer el día en que mis amigos y yo partíamos desde Lloret de Mar, en Cataluña, y nos íbamos con nuestro TrasMediterránea hacia Ses Illes, islas bendecidas por una bonita diversidad lingüística.
Aunque algunos se nieguen a entenderlo, el catalán, en su pequeña área, también está caracterizado por sus bloques dialectales, divididas entre el bloque occidental y el bloque oriental.  Ay, señor Verd, incluso su cuarta lengua optativa tiene sus dialectos y sus curiosidades... -¿ Pero para qué estudiarla verdad? Si eres catalán, mallorquín o valenciano, mejor lo eliminamos, nos dejamos de curiosidades y nos quedamos con solo una lengua, grande, que ya lo es, solitaria y libre-.

Total, que la tropa catalana de cuarenta personas llegó a Magaluf, de Mallorca, donde por desgracia los únicos idiomas que escuchamos en la calle fue el inglés, el italiano y el ruso, aunque para nosotros esto ya no era noticia: veíamos Magaluf como una versión grande de nuestro pub, digo pueblo, Lloret de Mar.
Mientras esperábamos en el puerto para entrar en el barquito, nos fijábamos en el mar no como un lujo si no como una necesidad, pues nos estaba cayendo un Lorenzo  para coger una buena insolación y ver como algunos caíamos como moscas.
Gracias a Verd, esto no pasó y nos encontramos con una pequeña sorpresa... Una tropa de fondo del Al-Andalus se acercaba cantando, bailando, saltando y riendo. Nosotros, cansados de ese sol acosador, mostrábamos unas facetas serias, tranquilas, cansadas y aburridas. Quizá pasaron unos tres minutos cuando, por fin, el comandante llegó de nuevo para decirnos que nuestra invasión sobre el barco estaba permitida.
- Ricard,¿ seguro que vamos a caber todos ahí?
- Si te soy sincero, creo que no pero...
- Déjeme pasaar... Graci...
- ¡Qué haces! Estaba yo primero. -ambos mostramos caras desafiantes-.
- Ay, ¡cariño!¡Joé con las ansias!
Después de un momento de tensión - o de humor, para otros- mostramos nuestras espaldas poderosas y pasamos en pole position para dejar atrás una mirada graciosa y espontánea. Debo reconocer que me sorprendí al ver que el barco turístico no se inundaba al entrar las dos tropas marineras y, así pues, separados o revueltos, pudimos empezar el gran viaje.
Así que mi grupo se fue a la sombra y a cubierto, nos dimos cuenta a los pocos minutos de que esa bandada de pájaros que cantaban en el morro del barco no era casualidad. Impresionante. Más de un centenar de personas botando de alegría mientras escuchaban esas canciones del bar en una sola cuarta parte del barco. Y de mientras, en las otras tres restantes, la tranquilidad reinaba sin ningún aliciente: keep calm.

Como si fuera un presentimiento, todos nos dimos cuenta de que algo estaba ocurriendo. El bar actuaba como si fuera el muro de Berlín: no veíamos ni a un musulmán en nuestro territorio ni a un pesetero en el otro barrio, hasta que se empezó a escuchar los cánticos de "Sevilla tiene un color especial" y algunos murmullos catalanes empezaron a reunir algún crit a la llibertat hasta que el capitán y el del bar empezaron a ver que era hora ya de parar los motores, que el agua nos refrescara y nos enfriara un poco a todos.

Al fin y al cabo, todos éramos turistas en un sitio donde lo que menos importaba era nuestra procedencia, pero para qué negar que fue un momento divertido ver como dos culturas opuestas y hermosas se defendían sin agresión alguna, y siempre con una risa en los rostros... Bueno, casi siempre. 



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