Perdíamos de cinco puntos a falta de un minuto para
el final del partido. Y de la eliminatoria. 78–73. Nuestro capitán se había
lesionado en la rodilla. Se fue al vestuario muriéndose de dolor. No podía
seguir. Solo problemas: mi codo, mi labio – me lo habían roto en el partido
anterior –, mi muslo izquierdo y hasta mi cabeza. Los anfitriones gritaban sin
parar. Nos habían clavado un triple hacía cuatro segundos y mi entrenador había
pedido tiempo muerto. Parecía que era el único que aún creía en la
eliminatoria. En todo el partido no habíamos estado por delante del marcador y,
aunque tampoco estuvimos lejos de este, las miradas de mis compañeros eran de
absoluta frustración. Nos estábamos quedando a un palmo de la gloria: el barco
se hundía.
Mi mejor amigo empezó a llorar de rabia. Mi
entrenador se giró y le dijo: levántate. Él cumplió, sin rechistar, pero sin
alma.
-
¿Quién
eres? Ponte a jugar. Llora cuando no lo intentes. ¿Okay? – una mirada le bastó
para cambiarle el chip –.
-
Un
minuto. Hacerlo por vosotros. Por nadie más. ¡Chicos! El dolor existe, pero el
sufrimiento depende de vuestra actitud. ¿Sabéis? Aquel que dice que puede y
aquel que dice que no, usualmente tienen razón. Nadie está mejor preparado que
vosotros porque sois quienes vais a decidir. Dos triples. Poneros a competir.
Y así fue. Salimos al terreno de juego. Todo era concentración:
esa jugada era vital. Cogí la pelota, vi un hueco y me metí para dentro. De
golpe, vi a Andrés que se abría y le pasé un pase picado. La cogió desde fuera
de la línea de tres y lanzó. Triple. 78–76.
Cuando fui a hacer presión para que no pudieran
poner el balón en juego, vi a mi capitán que gritaba: ¡cuarenta segundos! Había
salido del vestuario, quería estar ahí hasta el final. En ese momento, en ese,
me di cuenta de que éramos un equipo, siete meses más tarde.
Alargaron la posesión. Pasaban los segundos y lo
tenía delante, tenía mi enemigo a menos de un metro. Miradas que matan. Este no
iba a hundir mi sueño ni el de mis amigos. De golpe, cogió el balón y se metió
para dentro, mientras mi pierna resbalaba y mi sueño se esfumaba. Dentro. 80–76.
Miré a mi entrenador. Recordé que tenía que vigilarlo
de más lejos, pero era demasiado tarde. Me fui para arriba. No tenía ni idea de
cuántos segundos faltaban. Era un contraataque sin lógica, sin sentido. En ese momento no podía pensar,
solo actuar. Me metí hasta la cocina mientras notaba que me empujaban por
detrás: lancé y caí. Perdí el tiempo, ya no existía en mi cerebro. El mundo se
había parado. Un silbido. Era falta, pero la pelota no había entrado. Andrés se
me acercó: tienes que creer que algo diferente puede pasar.
Dolor, mucho dolor: me temblaban las piernas. Lancé.
Entró. 80–77. El árbitro me indicó el segundo. Miré el reloj: veinte segundos.
Un guiño a Juan: iba a fallar el segundo. Tiré, lo recogió Pol y lanzó.
¡Dentro! 80–79.
Tiempo muerto. Nos mirábamos. Nuestro capitán nos animó:
vais a recuperar esa pelota, la vais a recuperar. Mi entrenador callaba y
escuchaba mientras mi líder añadía: recuperar o falta. Estáis en bonus. Es vuestra
decisión. Bebimos agua y al parquet.
Momento vital. Quince segundos. Me hicieron un
bloqueo, pero me quedé otra vez contra él. Una mirada y diez segundos. No oía
nadie. Me la jugué. ¡Robé la pelota! Una pulgada, esa era mi pulgada. Esa
pulgada era el mundo, era mío. ¡Nooo! Un silbido agónico me apuñalaba el
corazón, era falta. No me lo podía creer, estaba desorientado.
Me quedé en el medio del campo. Lanzó el primero y
limpia. 81-79. En ese momento mi cabeza me dijo que no iba a rendirme. Se puede
solo si se quiere, solo si se quiere, y yo quiero. Lanzó…La pelota se quedó
indecisa, no sabía que quería el azar. Pero el salto de mi mejor amigo la tocó
y esta fue para Juan. No sé por qué pero me quedé solo. Nadie se había
preocupado de mí, estaba en medio del campo solo. Me la pasó y me fui corriendo
pero algo me dijo que alguien venía y me la jugué. Decidí parar en seco delante
de la línea de tres. Se pasó de largo y me quedé otra vez solo contra la
canasta. Lancé y me desestabilicé. La bocina saltó… ¡Habíamos ganado! Era mi
primer triple en el año. Joder, habíamos ganado.
En ese partido me di cuenta de que podría haber
perdido, pero decidí. Si en cada uno de los partidos de nuestra vida decidimos,
señal que cogemos la responsabilidad. Y esto no es nada fácil, pero depende de
nosotros.

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